En
febrero de 2003, papá cumplió 100 años, tal vez el día 25, como dice su
pasaporte ruso, aunque esa fecha importa poco, ya que el cumpleaños de papá ha
sido siempre el 18 del mes de Shvat en el calendario hebreo. Ese era el día de
mi padre. Bastante entero física y mentalmente, a los 100 años papá no quiso
fiestas ni ruido de mucha gente, sólo aceptó- y eso después de muchos argumentos-
una reunión con su familia más cercana.
Su
hermano menor, el tío Reuven, el único de sus hermanos que aún vive, quiso
llamarlo por teléfono desde Israel el día de su cumpleaños. Anunciamos a papá
la llamada telefónica varias veces, para que no lo tomara por sorpresa.
¿Le hablarás en ruso, papá? le preguntamos.
–
¿Por qué no? dijo muy confiadamente. Reuven y yo siempre nos hemos
hablado y escrito cartas en ruso.
A
pesar de eso, cuando llegó la llamada, el tío Reuven no logró entender nada. El
hablaba ruso, papá contestaba en español. Finalmente, el teléfono, allá en
Israel, lo tomó mi prima y de alguna forma, ella consiguió que papá dijera la
única palabra en ruso de toda su conversación: “Da” (Sí).
-¿Entendiste? preguntaba mi prima.
–
“Da” aseguraba mi padre.
La experiencia terminó allí. Preguntamos
después a papá si había hablado con su hermano.
–
Parece que sí, contestó, muy tranquilo.
Esa llamada fue a mediodía. Al atardecer, trajimos a casa a papá.
Cubrimos la mesa con el blanco mantel con el que mi abuela cubría su mesa de
Shabat (sábado), la única pieza de su ajuar de novia que llegó al Uruguay. Es
un mantel blanco, sedoso, con las iniciales de mi abuela bordadas en los dos
extremos. La abuela se llamaba Esther Mostovich; las letras E y M están
primorosamente bordadas y entrelazadas en hilo blanco y brillante,sobre ese
mantel. Así se preparaban los ajuares de las novias judías en los pueblos de
Polonia del siglo XIX. Es un mantel muy grande,
a la medida de las mesas de aquel entonces. Si ese mantel hablara, ¡cuántas
historias tendría para contar! Para papá
evoca los días de su infancia en el pueblito polaco a principios del siglo
pasado, cuando toda una gran familia se reunía a la mesa para recibir juntos el
Shabat: padres, tíos, abuelos, diez hermanos y los aprendices del taller de
sastrería de mi abuelo. Para nosotros recuerda a la tía Leah, la hermana de
papá que vino a visitarnos, desde Moscú a Montevideo, en el año 1979, cuando mis
padres festejaron sus bodas de oro. Ese mantel salió de la valija de Leah y no
pudo ponerse en ninguna mesa de la familia, tan grande es. Lo hemos usado
cuando papá cumplió sus 90 años, en ese momento cubrió todas las mesas
de la fiesta, unidas en el medio de la sala, para preparar una sola mesa
grande, para toda la familia, tal como quería papá.
En el 2003, diez años más tarde, el mantel
estaba amarillo sólo de estar guardado. No nos animamos a mandarlo a la
lavandería ni a ponerlo en una máquina lavarropas, siguiendo “ elviejo estilo”
, lo blanqueamos con jugo de limón y sal, en un día de sol, y lo enjuagamos a
mano. Quedó blanco como la nieve y así luce sobre mi mesa, parece una nube
blanca que cubre desde la mesa al suelo. Papá lo vio y comenzó a acariciarlo
con dulzura, no dijo ni una sola palabra, sólo lloró.
Una
historia jasídica cuenta de un campesino que vino con su esposa, a pedir
consejo al rabí de Mezericht..
– Rabí, toda la semana sueño con la torta de
miel del shabat, pero al llegar la cena ¡no puedo ni llegar a probarla!,dijo el
campesino. Mi esposa insiste en darme primero la comida salada y después de
llenarme con sopa, pescado,fideos y verduras, ya no tengo apetito para torta.
Mi mujer dice que en casa de sus padres siempre se comía lo salado antes de lo
dulce y que así es la tradición. Dígame, rabí, ¿hay alguna ley que ordene comer
lo dulce al final? ¿Por qué no puedo comer torta de miel al principio de la
comida?
Dice la historia que el rabí lo pensó un
momento y luego llamó a su mujer, sus hijos y sus alumnos y ordenó que en
adelante en su familia y las de sus “jasidim” (seguidores) se cocinaran dos
tortas de miel para el Shabat y las fiestas. La primera torta debía servirse al
comenzar la comida y la segunda, a los postres. Esa primera torta tuvo desde
entonces un nombre especial: se llamó la torta de la paz del hogar. No sabemos
cuál de los antepasados de mi abuelo pudo ser seguidor del rabí de Mezericht,
nunca pudimos llegar tan atrás en la genealogía de los Mostovich. Pero en todo
caso, en casa de mis abuelos siempre se comenzaban las comidas familiares con
torta de miel, antes de comer algo salado y se terminaban con torta de
miel. Así
mismo comenzó el cumpleaños de papá: comiendo “oniklekaj” (torta de miel) y
brindando con vino dulce. La torta de miel fue obra de una de las nietas. Otra
nieta se encargó de preparar y trenzar dos “jalot”, dos panes tradicionales. El
amor a cocinar les viene desde papá, él fue panadero en su juventud. Pusimos en
la mesa, frente a papá, la torta de miel y los dos enormes panes trenzados y
recordamos cuán afortunados hemos sido en poder llegar a este día. Después vino
el discurso de un bisnieto. El amor a la palabra también es tradición de
familia.
Yo no
dije discurso esta vez. Le conté a papá, simplemente, que yo quería ofrecerle
una fiesta de cumpleaños para 400 invitados. Llamar a todos mis amigos a
compartir la ocasión. Papá no quiso fiesta ni ruidos, pero había 400 invitados
presentes. Sólo que estos eran invitados especiales. No eran personas. Eran
libros. Era una fiesta para 400 libros. Estaban allí en casa, en silenciosas
pilas envueltas en plástico transparente. Todos los libros, iguales. Todos con
una foto muy vieja de papá en la tapa, una imagen de color sepia donde un joven
de 22 años llevaba las telas al hombro, vendiendo de puerta en puerta en el
Montevideo de 1925. Con su sonrisa llena de sueños y esperanzas. En la
contratapa, una imagen en colores, muy reciente, con papá mostrando sus escasos
cabellos color blanco, sentado en su sillón y a su lado, yo, charlando y
tomando notas, lapicera y block en la mano.
El libro es la historia de su vida, que yo
escribí: “INMIGRANTE, tras las huellas de mi padre”. Desde un pueblo de Polonia antes de la
primera guerra mundial a Moscú durante la revolución rusa y luego sus
experiencias como inmigrante en Montevideo a partir de 1924. Se basa en las
escasas “Memorias” que papá escribió entre 1982 y 1984, en su español escueto,
muchas horas de charla con mi padre, investigaciones que hice en revistas y
diarios de época, entrevistas con sus amigos y lo que encontré en Polonia y
Rusia cuando viajamos, David y yo, a buscar los pueblos en los que vivió mi
padre en su infancia y juventud. Escribí, con intermitencias,durante varios
años, páginas y más páginas. Después que lo tuve escrito, empecé a cortar. Para
presentar un libro, igual que para exhibir una muestra fotográfica, hay que
preparar mucho material y una gran tijera.
Papá ya conocía el texto. Se lo fui dando a
leer durante varias semanas, diez páginas cada vez, para que lo revisara. “Está
normal” fue su único comentario. Pero fue cosa muy distinta verlo impreso.
Hojear los capítulos, detenerse en las fotos. Volvió a llorar de la emoción.
Lloramos todos.
Dos
meses después, fue la presentación del libro en público. Papá miró las
entrevistas previas que me hicieron por televisión y escuchó los programas
periodísticos en que hablé sobre el libro en la radio. A las presentaciones, no
quiso ir. «Demasiada gente» dijo simplemente.
Estuve dudando sobre llevar o no el mantel de
la abuela a las presentaciones del libro.
Hablé
con mi hermana.
–
¿Te parece que lo lleve?pregunté.
-¿Y
si se mancha con el vino del brindis?
–
Lo lavaremos, contesté. Ese mantel ya pasó muchos Shabat, dos guerras
mundiales, mudanzas en Polonia, en Rusia, y en Uruguay. ¿Qué más le puede
pasar?
–
Por otra parte, dijo mi hermana. ¿Para qué lo hemos guardado tantos años en el
placard, si no es para usarlo?
Decidimos llevar el mantel a las
presentaciones del libro .No pudimos ponerlo a la mesa en la primer
presentación, en esa ocasión, los libros se vendían a beneficio del Club de
Leones Montevideo- Aguada , el salón no era grande y vino tanta gente que el
lugar fue escaso para poner sillas, ni qué hablar de mesas para ese mantel .La
segunda presentación fue a beneficio de B’nai B’rith Uruguay, allí tuvimos el
gran salón de fiestas para la actividad y pudimos extender el antiguo mantel
sobre tres mesas grandes, a un costado del salón .Brillaba en su sencilla
blancura.
Papá pasó de un sueño al otro cuando tenía 102
años cumplidos. Nunca me pareció que estuviera anciano. Todavía me parece
escucharlo cuando me decía “Mientras tengas proyectos, serás joven”.
Esther Mostovich de Cukierman